Hoy, y con la resaca de una vida joven plagada de mensajes filosóficos absurdos, me dispongo a plantear la que quizá sea una de las más delicadas cuestiones de nuestra sociedad. Por muy modernos que nos creamos ser, por muchos "todo está inventado" que oigamos, hemos de ser conscientes de que, todavía, un libro de veracidad equiparable a la de Harry Potter domina el mundo. Controla a la perfección la corriente de valores a la que, por mera vagancia reflexiva, subordinamos nuestra capacidad de pensar por nosotros mismos.
La Iglesia católica luce con orgullo su primer puesto en el Record Guinness por el "libro más vendido en la historia". Sería admirable el hecho de que la población lo comprase por un interés literario sobre el profundo cambio que experimentó nuestro continente con la llegada de la religión judeo-cristiana. Pero, increíblemente, y tras unos cuantos siglos, la gran mayoría de nosotros lo compra como guía ética ante las decisiones que nos plantea la vida. Una guía ética de más de dos mil años. ¿Quién puso en duda el interés del mundo actual por la historia de la literatura?
Como es comprensible, este intento de aplicar en la sociedad contemporánea unos preceptos llegados de la mismísima recesión intelectual de la Antigüedad no deja a nadie indiferente. No es de extrañar la aparición de agrupaciones con un relevante poder electoral que se oponen al uso de métodos anticonceptivos en lugares donde el sida arrasa con la población, en nombre, claro está, de los principios cristianos. Asimismo, intérpretes de esta antiguo ejemplar, como el señor Rouco Varela, defienden fervientemente los ideales que esta representa, y que, según ellos, definen la perfección de la humanidad.
Ante los admirables resultados de esta creación literaria, todos debemos quitarnos el sombrero y aplaudir su amplia extensión histórica e internacional. No obstante, no queda exenta la propuesta de cómo sería hoy el mundo si hubiese habido más igualdad en el rastro literario. En qué sentido dirigiríamos las prioridades de nuestra vida conociendo a la perfección la tesis humanista del Renacimiento, por ejemplo. La literatura es un arte que manifiesta nuestra infinita capacidad intelectual, por ello no debemos permitir que nos convierta en filósofos miopes.
La Iglesia católica luce con orgullo su primer puesto en el Record Guinness por el "libro más vendido en la historia". Sería admirable el hecho de que la población lo comprase por un interés literario sobre el profundo cambio que experimentó nuestro continente con la llegada de la religión judeo-cristiana. Pero, increíblemente, y tras unos cuantos siglos, la gran mayoría de nosotros lo compra como guía ética ante las decisiones que nos plantea la vida. Una guía ética de más de dos mil años. ¿Quién puso en duda el interés del mundo actual por la historia de la literatura?
Como es comprensible, este intento de aplicar en la sociedad contemporánea unos preceptos llegados de la mismísima recesión intelectual de la Antigüedad no deja a nadie indiferente. No es de extrañar la aparición de agrupaciones con un relevante poder electoral que se oponen al uso de métodos anticonceptivos en lugares donde el sida arrasa con la población, en nombre, claro está, de los principios cristianos. Asimismo, intérpretes de esta antiguo ejemplar, como el señor Rouco Varela, defienden fervientemente los ideales que esta representa, y que, según ellos, definen la perfección de la humanidad.
Ante los admirables resultados de esta creación literaria, todos debemos quitarnos el sombrero y aplaudir su amplia extensión histórica e internacional. No obstante, no queda exenta la propuesta de cómo sería hoy el mundo si hubiese habido más igualdad en el rastro literario. En qué sentido dirigiríamos las prioridades de nuestra vida conociendo a la perfección la tesis humanista del Renacimiento, por ejemplo. La literatura es un arte que manifiesta nuestra infinita capacidad intelectual, por ello no debemos permitir que nos convierta en filósofos miopes.